viernes, septiembre 01, 2006

Crónicas berlinesas, Joseph Roth

Minúscula, Barcelona, 2006. 291 pp. 16,50 €

Guillermo Busutil

Afirmó Frank Hessel, en los años veinte del Berlín que hizo suyo, que son nuestros paseos explorando las calles, las casas, los escaparates, las gentes, la atmósfera y la aprehensión de las pequeñas cosas, los que convierten la ciudad en un libro de horas y, en cierto modo, en la banda sonrosa de la ciudad. Un logro que consiguieron en Londres Corpus Barga, Baudelaire en París y Hessel, Canetti, Kracauer, Benjamín, Scolem y Jacob van Hoddis en un fascinante Berlín al que, sin duda alguna y de excelente manera, Joseph Roth también convirtió en una ilusión perdurable y a tamaño del hombre en las espléndidas Crónicas Berlinesas, rescatadas ahora por la editorial Minúscula que ha encuadernado Berlín en una exquisita edición de bolsillo. Algo que no podía ser de otra manera, si recordamos que en los años de la guerra fría sus habitantes solían llevar en la gabardina un periódico del este y otro del oeste, igual que si fuesen pasaportes para cruzar las diferentes fronteras de la ciudad.
Así que, empezando por los flaneurs que amaron Berlín y por la estética de la edición, nos adentramos en las Crónicas berlinesas que albergan los artículos urbanos en los que Roth combinó lo preciso y lo específico, lo social y lo escénico, de una ciudad a la que transformó en protagonista de un brillante periodismo literario en movimiento, en la atmósfera impresa de la cultura Weimar y también, al ser seducido por Berlín, en un espejo donde acabó reflejando sus propios fantasmas y obsesiones, además de su clarividente intuición acerca del dramático cambio que iba a experimentar el corazón blanco de Europa. 235 páginas en las que Roth dibuja el rostro del tiempo, como él mismo definió su tarea de reportero en un Berlín que no le gustaba (quién iba a decirlo), al mismo tiempo que logra plasmar el paisaje de la ciudad y el paisaje anímico de los ciudadanos. Es decir, todas las almas, el alma, de Berlín con sus nocturnos baños turcos que sirven de refugio a los indigentes, con los grandes almacenes donde todo es accesible a todos, con las campañas electorales incapaces de transmitir la pasión de la batalla política (que modernidad la de este artículo sarcástico e inteligente), sus ferias, sus inmigrantes judíos, la ciudad adoquinada y sus desoladoras vitrinas repletas de las fotografías de los muertos no identificados.
Una diversidad de capítulos que componen el mapa de un libro, lleno de esquinas, perspectivas irónicas o descreídas y de un lenguaje de carácter tan notarial como poético, en el que sobresalen especialmente las volandas de ciudad dedicadas al verano en una barbería, a los tugurios de la delincuencia, como el Café Dalles, el Reese o el Albert-Keller con sus corredores de apuestas, fumadores de puros holandeses y sus ángeles azules, al igual que el dedicado al Café Des Westerns con el inefable personaje de Richard el Rojo, encargado de los periódicos, de los escritores y de vender mariposas enjoyadas. Fascinantes daguerrotipos (e incluso aguafuertes) literarios, repletos de humanidad, esperpento y realismo atmosférico, al que añadirle el dramático y crítico capítulo final de "El auto de fe del espíritu" donde el autor ofrece un duro testimonio sobre la quema de libros.
Ejemplos de un libro, aderezado por deliciosos dibujos de prensa y fotografías de la época, que resulta imprescindible para la memoria y para la educación de la mirada. Sobre todo porque su lectura transmite, entre otras muchas cosas, que el flaneur, en este caso Joseph Roth, termina paseando por su ciudad interior y que, a veces, la lectura de un buen libro es más instructiva que un viaje.

jueves, agosto 31, 2006

Senectud, Italo Svevo

Trad. Carmen Martín Gaite. El Acantilado, Barcelona, 2006. 347 pp. 10€

Marta Sanz

Los libros de los escritores italianos contemporáneos me suelen dejar melancólica, cuando no profundamente triste. Me pasa con Bassani, con Moravia, con Pavese, con Berto, con Natalia Ginzburg... temo que igual me pasaría con muchos otros que aún no he tenido la felicidad de leer. Me pasa con Svevo. Me ocurrió con esa joya de la narrativa del siglo XX que se llama La conciencia de Zeno, con el agravante de que, en esa ocasión, era un tanto ingenua respeto a lo que me traía entre manos, y Svevo, pseudónimo de Ettore Schmitz, me engañó con su narrador neurótico y obsesivo, con los devaneos de un hombre que es feliz y no lo sabe, y toma conciencia de su felicidad cuando el mundo entero se derrumba. Svevo me congeló la sonrisa con la desgracia final de su novela, un corte brusco que obliga a volver atrás para repensar el libro completo y muchas otras cosas: el libro excede el contenido de sus páginas y nos mete el dedo el ojo. La conciencia de Zeno acaba con una declaración de guerra; entonces, justo en ese instante, las pequeñas preocupaciones cotidianas —la compulsión de fumar y de no fumar, el deseo adulterino, la hipocondría, las insatisfacciones artísticas, laborales...— se recuerdan con nostalgia, porque los vidrios de las casas se están rompiendo por efecto de los disparos y todo, absolutamente todo, de pronto, como después de dar un tajo profundo a la carne, cobra otra dimensión. Esa iluminación horrenda y, al mismo tiempo aleccionadora, ese pesimismo vitalista o ese vitalismo desasosegado —el extraño carpe diem de disfrutar de las miserias cotidianas, de las pequeñas suciedades, porque en un segundo todos podemos quedar reducidos al sonambulismo, a la abulia, a la ignorancia total—, se multiplica por mil hasta herir, y mucho, al lector de Senectud.
Aquí no hay estallidos de guerras, cambios repentinos de costumbres o de ámbitos, exilios, sino la lenta disección y el tono menor, tan reconocible, del arrepentimiento que llega después de la furia o, en general, de una vida cotidiana marcada por relaciones que no sólo no alimentan, sino que deshidratan: Emilio, oficinista y literato, vive con su hermana Amalia, una mujer poco agraciada, que encuentra cierta cota de felicidad en las apariciones de Balli, el amigo escultor de Emilio; a Balli le pone la taza de café, le pone cubierto, incluso cuando él no viene, no va a volver... Amalia se embriaga en secreto y Emilio sufre respecto a ella una culpa que no puede corregir, porque él está pendiente de sus propias pasiones, de los celos y de las mentiras adivinadas en la existencia de Ange, Angelina, Gelona, su amante, personaje de luz que descompone las retinas, y que simboliza esa mezcla de ternura y sordidez, cuyo resultado es una tristeza honda, que caracteriza los libros de los escritores italianos, al menos de los que he citado al principio, y que, en el caso de Senectud, no adquiere los toques humorísticos o cínicos de un Moravia, de un Berto, del mismo Svevo al escribir La conciencia de Zeno. En Senectud, el cuadrilátero de fuerzas sentimentales que imanta a sus protagonistas es claustrofóbico: la hermana y el hermano, con sus promesas de protección y su apagada vida en común; Ange y Emilio, que pretende vivir una pasión en la que él controla las riendas y las riendas se le enredan alrededor del cuello, frente a Ange, una vividora, que fabula y lucha por sobrevivir en una sociedad pacata, falta de espontaneidad, en la que una carcajada es un gesto obsceno; Ange y Balli, fascinado por la vulgaridad de esta rubia rebosante de salud, solar, víctima del mundo y verdugo de Emilio, una rubia grandona de la que, a diferencia de los otros personajes, nunca se nos revelan sus pensamientos; Balli y la oscura, enfermiza, reprimida, fea, Amalia, doméstica y lunar, de un amarillo tan distinto al de Angelina; Emilio y Balli, antagonistas y amigos; Angelina y Amalia, rivales que no se conocen, mujeres antípodas de luz y sombra, de espacios abiertos y saloncitos cerrados, de mentiras abiertamente pronunciadas y verdades ocultas, de las que matan como una larva alojada en una víscera.
Estos mimbres tan próximos al melodrama no desembocan en un alarido o en una parodia, de la que el lector se separaría como consecuencia de la hipérbole, sino en un retrato, en el espejo donde, temerosamente, nos miramos las arrugas de la piel y de los huecos del cuerpo, de los vacíos, en los que tal vez habita la emoción o el alma o la conciencia. Sólo Doña Elena, una encarnación de la bondad, de la que ama sin ser amada, de la que lo pierde todo y es capaz de seguir adelante, fractura sin llegar a quebrar, con su humanidad y su coherencia generosa, la caja de cristal en la que yace encerrado Emilio, el protagonista de Senectud, de quien al acabar la novela se dice: «Años atrás se quedaba fascinado recordando aquel período de su vida, el más importante, el más luminoso». La muerte, el abandono, la traición, la culpa, la enfermedad son los latidos más luminosos de una existencia, en la que el no sentir, a los ojos de Emilio, tal vez a los ojos del propio Svevo, es algo muy parecido a no ser y el ser, el vivir, se aloja siempre en una zona de dolor. O tal vez es que el recuerdo todo lo dulcifica o que nunca se es consciente de la propia felicidad hasta que se la mira de lejos, porque la vivencia del presente y la felicidad son incompatibles: un gato que persigue su cola como si no le perteneciera. En esa paradoja, todos somos viejos: Svevo nos da la oportunidad de reconocernos en nuestra vejez vital y de coger aire. Ésa es quizás la lección de los libros más tristes.

miércoles, agosto 30, 2006

El libro de cocina para los chicos que quieren dejar boquiabiertas a las chicas con pocos elementos y aún menos experiencia, Nicole Seeman

Fotografías Raphaële Vidaling. Algaba, Madrid, 2006. 160 pp. 11,95 €

Care Santos

Confieso que cocino mejor que escribo. Confieso que en los peores momentos —cuando la vida ataca— me doy a la lectura de manuales de cocina. Mis favoritos son aquellos que explican el origen de los platos y los alimentos, pero los tengo de todo tipo. Muchos de ellos serían prescindibles, según argumenta Julian Barnes en su reciente El perfeccionista en la cocina (ver reseña), pero ahí siguen: los regionales, los temáticos, los demasiado sofisticados... He pasado muchos minutos de mi vida tratando de averiguar qué diantre es un crumble o una bavaroise, y muchos más tratando de darles forma. Hay libros de cocina que me han proporcionado más quebraderos de cabeza que el Ulyses de Joyce, pero aquí estoy, fiel al género, echándole un vistazo a cuanto cae en mis manos. Y así he llegado a esta raras avis que hoy comento: un volumen nacido de la hibridación de un libro de cocina paso a paso con un manual de autoayuda y, como resultado, un ramillete de recetas asequibles —escribo esto después de probar una de ellas— elaboradas por alguien que dice no ser profesional de los fogones sino «apasionada de la gastronomía» y fotografiadas —según se asegura, sin trampa ni cartón; y de nuevo recuerdo a Barnes cuando compara las ilustraciones de este tipo de libros con la delgadez fotográfica de Kate Winslet— por alguien que firma fotos «por primera vez en su vida» ya que, se nos dice «su especialidad es más bien de orden literario». Vaya, estoy en manos de aficionadas, me digo. Y mientras me pregunto cuál será el “orden literario” de la especialidad de Raphaële Vidaling empiezo a ojear su libro, publicado bajo ese título sugerente que apela a grandes inteniones y escasos recursos y de cuya lectura atenta se desprendre:
1) Que los hombres no se esfuerzan en la cocina si a cambio no reciben favores sexuales (de nuevo vuelve Barnes, que dice cocinar todo el tiempo para su esposa, ajá, ya sabemos con qué finalidad) .
2) Que los hombres son idiotas. Se les explica, con ilustración includa, cómo es un cuchillo o un bol o se les detalla dónde encontrar cada cosa en un supermercado. (Por ejemplo: las verduras en la sección de verduras, los yogures en la nevera de los yogures y así sucesivamente). Ah, ya sabemos que la autora ha visto escalonias y cebollinos pero, ¿habrá visto algún hombre, últimamente?
3) Que si después de comprar, leer y ejercitar este práctico manual para ligones, el hombre en cuestión no triunfa, es un tarado.
El libro empieza con una especie de concienciación del cocinero:«Preparar una comida para la chica que quieres impresionar favorablemente, le demuestra que eres generoso, atento, creativo, nada “macho”» (caramba, ¿querré yo esto?, me pregunto), «una especie de hombre ideal, mitad Supermán, mitad Papa Noel. Vale la pena, ¿no?»
Pues dicho así, me haces dudar, Nicole, bonita.
Pero sin duda, más allá de la práctica sección para negados absolutos (que sin duda no son reales, o será que, por fortuna, se esconden de mi vista) Utensilios necesarios para preparar las recetas o la muy útil Cómo componer el menú («la idea no es que terminéis la velada cebados como ocas», adoctrina la autora), lo mejor del libro es la sección Elección de platos según el tipo de chica, donde se ofrece un menú adecuado a las diferentes tipologías femeninas, a saber: la chica a-la-última, la chica a régimen, la hedonista, la pija, la vegetariana y la bohemia-burguesa. Como descubro con espanto que no soy ninguna de ellas porque en algún momento de mi vida he sido todas y cada una, decido obrar a sensu contrario: elijo un menú que me guste de entre los propuestos y hasta dar con mi tipo. Dudo entre el "Filet mignon al roquefort", el "salmón al estilo unilateral" (qué cosas, yo siempre tan individualista) y los "calabaciones rellenos de feta y menta". Lo cual me sitúa entre la a-la-última, la hedonista y la bohemia-burguesa. Vaya, ni el horóscopo ha acertado tanto conmigo.
Observo ahora las recetas. Son fáciles, rápidas y para principiantes. Todas ofrecen una lista de ingredientes asequibles, indicación del tiempo necesario y de los útiles que se precisan en su elaboración. Además, aportan consejos útiles, un poco como los de las madres «muy cocinadas» ante sus hijas muy torpes: cómo comprobar que una sartén está caliente («no la toques», advierte, con ternura, Seeman) echando en ella una chucharada sopera de agua treinta segundos después de ponerla al fuego; o en qué momento de la receta es preciso abrir la ventana para que la cocina no se llene de humo.
Por cierto: tan segura está la autora del éxito de sus consejos en los lances amorosos que incorpora a su trabajo una sección de Desayunos por si la cena «la convenció para quedarse». Está, a su vez, subdividida en dos apartados: una versión rápida por si la chica en cuestión debe irse a trabajar y una más relajada, por si el affair cae en fin de semana y hay más tiempo. En ese caso, por ejemplo, recomienda queso fresco con miel o bien bajar a la panadería y traer cruasanes. Hay que reconocer que Seeman piensa en todo.
En una segunda entrega, que se ha publicado simultáneamente enEspaña —no así en Francia— y titulada El libro de cocina para las chicas que no aprendieron gran cosa de su madre explica la autora que fue el éxito del primero volumen lo que la animó a coger de nuevo el bolígrafo (¡prometo que dice el bolígrafo!) y pergeñar un libro donde se aconseja a las mujeres quedar bien«en muchas circunstancias», que van de la seducción de la madre de su príncipe azul a la cena entre amigas puestas a dieta. Y lo peor es que todas nosotras hemos sido alguna vez una de estas tontas.
Por último, ambos libros se ameniza con testimonios de algunos de los agraciados por los consejos de la autora. Preceden cada sección, y tienen algo a medio camino entre campaña de detergente y rollo de alcohólicos anónimos. Mi favorito es el del estudiante Benoit, de 22 años, que bien podría servir para resumir el libro: «Después de comer, Laurence estaba un poco excitada. ¿Sería el jengibre o sería mi encanto natural?» Pues si a los 22 años, Benoit precisa jengibre para excitarte, búscate a otro, guapa, me gustaría poder decirle a Laurence en confianza.
En fin. Jamás me habría ocurrido encontrarme riendo a carcajadas con un libro de cocina. Sinceramente, no sé si esa era la idea de la autora, pero no creo que eso importe mucho. Y encima las recetas son originales, sanas, baratas y fáciles de hacer. Ya tengo dos títulos más en mi anaquel de libros de cocina precindibles.
Por cierto, al final, me decidí por el menú de las tartaletas de queso de cabra, lo cual me convirtió de facto en hedonista. He aquí mi descripción, según Seeman: «En la mesa (como en todas partes) busca ante todo el placer, sin restricciones… así que nada de censura, nada de mesura, ¡vas a disfrutar!»
Glups.

martes, agosto 29, 2006

¡Apártate de Mississipi!, Cornelia Funke

Siruela, Madrid 2006. 176 pp. 16,90 €

Carmen Fernández Etreros

¿Cuáles serían las vacaciones soñadas para una niña que vive en la ciudad? Seguramente las mismas que para Emma, la protagonista de Apártate de Mississipi, pasar un verano en el campo con su abuela y que le regalen un caballo de verdad. Así comienza el último libro para niños de Cornelia Funke, ilustrado con gracia y sencillez con animales por la misma autora. Un libro infantil sencillo que nos sumerge en la vida cotidiana de un tranquilo pueblo y su rutina diaria.
Cornelia Funke acierta al intentar transmitir con una dinámica trama uno de los valores fundamentales para el hombre actual: el amor por la naturaleza y los animales. Entre sus páginas se respira el olor a estiércol y a aire puro alejado de la contaminada ciudad. La autora refleja el respeto por el equilibrio natural del medio ambiente y por la olvidada vida rural.
La amistad infantil reflejada por la relación entre Emma, Max y Leo y la necesidad de la relación fluida entre nietos y abuelos son otros brillantes ingredientes de este libro infantil de la famosa autora alemana. Los pequeños lectores disfrutarán de este relato sencillo pero cargado de aventuras y sorpresas con diálogos ágiles entre sus personajes. De lectura fácil, gracias a la clásica división entre personajes buenos y malos, la autora defiende los valores de la justicia y la amistad para los niños, otorgando también a los animales un destacado papel.
En Apártate de Mississipi se nos relata las aventuras de Emma, una niña que como todos los veranos se desplaza a la casa de campo de su abuela Dolly para pasar las vacaciones. Su abuela es una mujer peculiar que por su cariño infinito a los animales recoge a todos los perros y gatos enfermos y abandonados de los alrededores. Dolly cuida a todos los animales con la estimable ayuda del veterinario del pueblo. Este año tiene un original regalo para su nieta: un caballo de verdad, Mississipi, la yegua del difunto Juan Sotobrante. Cornelia Funke nos narra las aventuras y complicaciones que deben superar nieta y abuela para evitar que el malvado sobrino de Sotobrante rapte en algún descuido a su apreciada yegua para cobrar una herencia.
Cornelia Funke es considerada una de las grandes autoras europeas de la literatura infantil actual. Nacida en Alemania empezó a trabajar como ilustradora y más tarde comenzó a escribir libros infantiles. Sus últimos libros publicados por la Editorial Siruela en nuestro país son El jinete del dragón, Potilla y el ladrón de gorros y sus dos famosos bestsellers Corazón de tinta y Sangre de tinta.
Un libro de fácil lectura con el que los pequeños lectores pueden disfrutar en vacaciones y aprender a conocer la naturaleza.

lunes, agosto 28, 2006

Parménides, César Aira

Mondadori, Barcelona, 2006. 128 pp. 12 €

José Morella

La deliciosa broma sobre la que se cimienta esta novela es la siguiente: Parménides, el gran filósofo que cambió para siempre la historia del pensamiento al introducir en ella el concepto del ser, fue un impostor. No escribió nada. Se limitó a encargarle a un poeta, un tal Perinola, un libro que tendría que llamarse Sobre la naturaleza. Perinola se lo inventó de arriba abajo y se convirtió, así, en el primer negro de la historia. El texto de Aira es de una fantástica ironía que recae sobre todo lo que tenga que ver con el mundillo, que no el mundo, de la literatura: los escritores, los mecenas, la proyección patética y bohemia que el poeta construye de sí mismo, la pereza, la falsedad, la grandilocuencia. Es una ironía leve y constante, delicada, que sin dejar de ser mordaz —porque mordaz es el punto de partida de la obra— le da a la narración una elegancia que se agradece. Debería ser leída (y comprendida, aunque esto es más difícil) por todos aquellos artistas que creen, explícita o tácitamente, que el arte es un instrumento para darse a conocer como “nombres” públicos. Aira asume que se trata precisamente de lo contrario: es la poesía la que usa el trabajo del poeta como simple instrumento, como placenta necesaria para nacer al mundo.
El problema radica justamente en la autoría: en el nombre. Perinola no firma Sobre la naturaleza con su nombre, y por lo tanto no es el autor legal de la obra. Y parece que sería esto, la ausencia de firma, lo que permite a Perinola escribir una obra de calidad. Tras escribir un largo trecho del poema en pocas horas, Perinola se pregunta por qué no tiene la misma facilidad a la hora de escribir sus propios versos. ¿Qué tiene esta ausencia de firma para poner al poeta en la tesitura de escribir bien? O, dándole la vuelta a la pregunta, ¿qué hay de problemático en la firma para que, por sí misma, estorbe al escritor en su trabajo? La firma no es más (pero tampoco menos) que un nombre: Perinola. Aira. Baudelaire. Borges. Faulkner. Aquí parece denunciarse la excesiva presunción del gremio de los escritores. ¿Quién os creéis que sois?, dice Aira. No sois más que escritores. Escribid, pues. No miréis más vuestro nombre con ese gesto obsesivo. Porque el nombre pesa. No es una etiqueta superficial, sino que está, de algún modo, hendido en vosotros. Os quema, os hiere. Se hunde en vuestra identidad y la hace presente, con todas sus flaquezas. No os permite olvidarla. Escribir recordando constantemente el propio nombre (el apellido, el nombre del padre, que diría Lacan) es, sino imposible, sí muy difícil. En otro lugar, hablando de las vanguardias, Aira ha dicho algo sobre John Cage. Según Aira la clave de la genialidad de Cage está, en parte, en no tener mucha idea de música. Cage no se imagina previamente como músico de tal o cual estilo, y es eso lo que le permite serlo. Se limita a actuar, a componer, a trabajar, y desiste de enredarse en una búsqueda de reconocimiento social, en un intento de labrarse una posición (un nombre) en la historia de la música. Como Cage, el poeta Perinola escribe sin tener su nombre en mente, y eso le hace más eficaz: una tarde cualquiera, relajadamente, improvisa unos doscientos versos, los ordena con una vaga coherencia y se los vende a Parménides para que este estampe su firma. Perinola, que quiere ser un gran escritor, ha dejado de querer y ha pasado a ser. Como peaje, ha tenido que perder su nombre. Tal vez habría que llamar «síndrome de Perinola» a este fenómeno, estudiado ya por Maurice Blanchot, según el cual la escritura es un acto que obliga al escritor a desaparecer. Nos viene a la cabeza el caso de la estadounidense Helene Hanff, a la que se recuerda por su impactante correspondencia con un librero de Londres durante casi veinte años, entre 1949 y 1968. Durante ese tiempo Helene encargó libros por correo al librero inglés y, a cambio, envió comida y cariño a todos los que trabajaban en aquella librería, sumidos en la miseria de la posguerra europea, en el número 84 de Charing Cross Road. Esas cartas tuvieron un éxito inmediato entre los lectores. El drama de Hanff es que ella escribía teatro, pero ninguna de sus obras es recordada. Sin embargo, se da la paradoja de que unas cartas que nunca pensó en publicar —que no cargaban con el peso de su nombre literario— fueron su mejor literatura. Apartó el nombre de escritora (Hanff), y escribió desde el cotidiano y natural Helene. Sólo cuando la autora se evaporó pudimos escuchar su verdadera voz. Despístenme de mí y les diré quién soy.