Minúscula, Barcelona, 2006. 291 pp. 16,50 €
Guillermo Busutil
Afirmó Frank Hessel, en los años veinte del Berlín que hizo suyo, que son nuestros paseos explorando las calles, las casas, los escaparates, las gentes, la atmósfera y la aprehensión de las pequeñas cosas, los que convierten la ciudad en un libro de horas y, en cierto modo, en la banda sonrosa de la ciudad. Un logro que consiguieron en Londres Corpus Barga, Baudelaire en París y Hessel, Canetti, Kracauer, Benjamín, Scolem y Jacob van Hoddis en un fascinante Berlín al que, sin duda alguna y de excelente manera, Joseph Roth también convirtió en una ilusión perdurable y a tamaño del hombre en las espléndidas Crónicas Berlinesas, rescatadas ahora por la editorial Minúscula que ha encuadernado Berlín en una exquisita edición de bolsillo. Algo que no podía ser de otra manera, si recordamos que en los años de la guerra fría sus habitantes solían llevar en la gabardina un periódico del este y otro del oeste, igual que si fuesen pasaportes para cruzar las diferentes fronteras de la ciudad.
Así que, empezando por los flaneurs que amaron Berlín y por la estética de la edición, nos adentramos en las Crónicas berlinesas que albergan los artículos urbanos en los que Roth combinó lo preciso y lo específico, lo social y lo escénico, de una ciudad a la que transformó en protagonista de un brillante periodismo literario en movimiento, en la atmósfera impresa de la cultura Weimar y también, al ser seducido por Berlín, en un espejo donde acabó reflejando sus propios fantasmas y obsesiones, además de su clarividente intuición acerca del dramático cambio que iba a experimentar el corazón blanco de Europa. 235 páginas en las que Roth dibuja el rostro del tiempo, como él mismo definió su tarea de reportero en un Berlín que no le gustaba (quién iba a decirlo), al mismo tiempo que logra plasmar el paisaje de la ciudad y el paisaje anímico de los ciudadanos. Es decir, todas las almas, el alma, de Berlín con sus nocturnos baños turcos que sirven de refugio a los indigentes, con los grandes almacenes donde todo es accesible a todos, con las campañas electorales incapaces de transmitir la pasión de la batalla política (que modernidad la de este artículo sarcástico e inteligente), sus ferias, sus inmigrantes judíos, la ciudad adoquinada y sus desoladoras vitrinas repletas de las fotografías de los muertos no identificados.
Una diversidad de capítulos que componen el mapa de un libro, lleno de esquinas, perspectivas irónicas o descreídas y de un lenguaje de carácter tan notarial como poético, en el que sobresalen especialmente las volandas de ciudad dedicadas al verano en una barbería, a los tugurios de la delincuencia, como el Café Dalles, el Reese o el Albert-Keller con sus corredores de apuestas, fumadores de puros holandeses y sus ángeles azules, al igual que el dedicado al Café Des Westerns con el inefable personaje de Richard el Rojo, encargado de los periódicos, de los escritores y de vender mariposas enjoyadas. Fascinantes daguerrotipos (e incluso aguafuertes) literarios, repletos de humanidad, esperpento y realismo atmosférico, al que añadirle el dramático y crítico capítulo final de "El auto de fe del espíritu" donde el autor ofrece un duro testimonio sobre la quema de libros.
Ejemplos de un libro, aderezado por deliciosos dibujos de prensa y fotografías de la época, que resulta imprescindible para la memoria y para la educación de la mirada. Sobre todo porque su lectura transmite, entre otras muchas cosas, que el flaneur, en este caso Joseph Roth, termina paseando por su ciudad interior y que, a veces, la lectura de un buen libro es más instructiva que un viaje.
Guillermo BusutilAfirmó Frank Hessel, en los años veinte del Berlín que hizo suyo, que son nuestros paseos explorando las calles, las casas, los escaparates, las gentes, la atmósfera y la aprehensión de las pequeñas cosas, los que convierten la ciudad en un libro de horas y, en cierto modo, en la banda sonrosa de la ciudad. Un logro que consiguieron en Londres Corpus Barga, Baudelaire en París y Hessel, Canetti, Kracauer, Benjamín, Scolem y Jacob van Hoddis en un fascinante Berlín al que, sin duda alguna y de excelente manera, Joseph Roth también convirtió en una ilusión perdurable y a tamaño del hombre en las espléndidas Crónicas Berlinesas, rescatadas ahora por la editorial Minúscula que ha encuadernado Berlín en una exquisita edición de bolsillo. Algo que no podía ser de otra manera, si recordamos que en los años de la guerra fría sus habitantes solían llevar en la gabardina un periódico del este y otro del oeste, igual que si fuesen pasaportes para cruzar las diferentes fronteras de la ciudad.
Así que, empezando por los flaneurs que amaron Berlín y por la estética de la edición, nos adentramos en las Crónicas berlinesas que albergan los artículos urbanos en los que Roth combinó lo preciso y lo específico, lo social y lo escénico, de una ciudad a la que transformó en protagonista de un brillante periodismo literario en movimiento, en la atmósfera impresa de la cultura Weimar y también, al ser seducido por Berlín, en un espejo donde acabó reflejando sus propios fantasmas y obsesiones, además de su clarividente intuición acerca del dramático cambio que iba a experimentar el corazón blanco de Europa. 235 páginas en las que Roth dibuja el rostro del tiempo, como él mismo definió su tarea de reportero en un Berlín que no le gustaba (quién iba a decirlo), al mismo tiempo que logra plasmar el paisaje de la ciudad y el paisaje anímico de los ciudadanos. Es decir, todas las almas, el alma, de Berlín con sus nocturnos baños turcos que sirven de refugio a los indigentes, con los grandes almacenes donde todo es accesible a todos, con las campañas electorales incapaces de transmitir la pasión de la batalla política (que modernidad la de este artículo sarcástico e inteligente), sus ferias, sus inmigrantes judíos, la ciudad adoquinada y sus desoladoras vitrinas repletas de las fotografías de los muertos no identificados.
Una diversidad de capítulos que componen el mapa de un libro, lleno de esquinas, perspectivas irónicas o descreídas y de un lenguaje de carácter tan notarial como poético, en el que sobresalen especialmente las volandas de ciudad dedicadas al verano en una barbería, a los tugurios de la delincuencia, como el Café Dalles, el Reese o el Albert-Keller con sus corredores de apuestas, fumadores de puros holandeses y sus ángeles azules, al igual que el dedicado al Café Des Westerns con el inefable personaje de Richard el Rojo, encargado de los periódicos, de los escritores y de vender mariposas enjoyadas. Fascinantes daguerrotipos (e incluso aguafuertes) literarios, repletos de humanidad, esperpento y realismo atmosférico, al que añadirle el dramático y crítico capítulo final de "El auto de fe del espíritu" donde el autor ofrece un duro testimonio sobre la quema de libros.
Ejemplos de un libro, aderezado por deliciosos dibujos de prensa y fotografías de la época, que resulta imprescindible para la memoria y para la educación de la mirada. Sobre todo porque su lectura transmite, entre otras muchas cosas, que el flaneur, en este caso Joseph Roth, termina paseando por su ciudad interior y que, a veces, la lectura de un buen libro es más instructiva que un viaje.



