viernes, julio 28, 2006

El turista excepcional, Ramón Gómez de la Serna/Hermenegildo Sábat

Libros del Zorro Rojo, Barcelona, 2006. 32 pp. 9,95 €

Villar Arellano

La mirada es lo que distingue a un turista cualquiera de un turista excepcional, la capacidad de sorprender la vida en el justo instante transgresor, de descubrir paisajes excepcionales en el borde doblado de los mapas, de desoír los consejos del guía y, girando la cabeza hacia el oeste, contemplar un amanecer diferente. La mirada del viajero es la clave para transformar una estampa convencional en una singular y genuina visión.
También la mirada es lo que distingue a Ramón Gómez de la Serna. Sintética, certera, ingeniosa y divergente, su visión del mundo capta momentos únicos, situaciones humorísticas que abren la sonrisa e invitan a la metáfora y al símil. El genial maestro de la literatura breve ofrece aquí una perspectiva inédita de algunos de los más típicos destinos del viajero convencional —transformado aquí en viajero excepcional— Pisa, París, Pompeya, Londres...

Hermenegildo Sábat, artista de origen uruguayo, ha dedicado su vida al periodismo gráfico. Desde sus viñetas ha recorrido la actualidad mundial como testigo excepcional de lo inaudito. Para atravesar las páginas de este libro decidió armar al protagonista con una cámara de fotos. Así, apostado a la derecha de cada página, el turista contempla —nos muestra— selección de monumentos universales. La espontaneidad es el principal rasgo de estas ilustraciones que apenas esbozan al viajero y resuelven con mayor precisión, con grandes manchas de acuarela, los escenarios visitados.
Gladys Dalmau de Ghioldi, nuera del escritor, es quien ha proporcionado este texto sencillo pero rebosante de sugerencias y evocaciones que adquiere una especial relevancia gracias a un estupendo trabajo de edición.
La colección Historias microscópicas de Libros del Zorro Rojo es una propuesta de lectura especialmente atractiva para los amantes de libros personales, que se resisten a las clasificaciones. Por eso es difícil definir si este álbum, esta pequeña delicia estética, es un libro de viajes, un cuento, un manual... si es un libro infantil, juvenil o dirigido al público adulto. Su principal encanto es que escapa a las clasificaciones. Gustará a quien guste soñar y pondrá una chispa de lirismo en cualquier plan de lectura (o de vacaciones).
Y es que, como dice Ramón, «ser un turista cualquiera no vale la pena», y para muestra, esta hermosa rareza.

jueves, julio 27, 2006

Doble mirada: Edición conmemorativa del 40 aniversario de Alianza Editorial

Alianza, Madrid, 2006. 10 € c.u.

Ficciones, Jorge Luis Borges; El jugador, Fiodor Dostoyevski; Poemas y canciones, Bertold Brecht; La metamorfosis, Franz Kafka; El lobo estepario, Herman Hesse; El señor de las moscas, William Golding; Tristana, Benito Pérez Galdós; El malestar de la cultura, Sigmund Freud; Muertes de Perro, Francisco Ayala; El corazón de las tiniebles, Joseph Conrad.

1.
Marta Sanuy

Muchos, a la hora de elegir qué vamos a leer, nos fijamos antes en la editorial que en el autor; somos los que averiguamos pronto que una buena editorial era la mejor guía, la que nos recomendaba las lecturas fundamentales, aquellas que nos iban a cambiar. Lamentablemente no hemos vuelto a tener garantías tan rotundas como entonces, cuando tanto las necesitábamos porque éramos lectores nuevos y desnortados. Alianza Editorial, y en concreto la pionera colección Libro de Bolsillo (que todos identificamos por sus siglas en el lomo, LB) fomentó el vicio de la lectura mucho más de lo que puedan pretender mil programas educativos y campañas de animación. Estos diez libros que se vuelven a editar con un precio módico, y con esto repiten en Alianza un acierto, son un reencuentro con diez títulos imprescindibles, obvios: seguro germen de muchos nuevos lectores. Se vuelven a publicar en su formato original pero en tapa dura. En las portadas, vuelven a lucir las ilustraciones de Daniel Gil. Mírenlas después de terminar la lectura y reconocerán la capacidad de síntesis de un genio.
Felicidades a todos aquellos que todavía no leyeron estos diez magníficos libros por todo lo que van a viajar, a sufrir, a pensar, disfrutar y a averiguar. Felicidades también a quienes los reencuentren, podrán degustar el renacimiento de aquellos ejemplares frágiles y con las páginas amarillas, se han metamorfoseado como su esencia requería en sus clónicos robustos, hermosos, de mejor papel. En edición de lujo, como merecía la ocasión.

La primera vez que lei El corazón de las tinieblas me sentí glotona, no me gusta leer las novela de un tranco y a la velocidad de los rayos salvo que carezcan de interés. Aunque aun no he averiguado como defenderme de ese magnetismo de Conrad que me transforma en una lectora compulsiva, he intentado analizar sus estrategias. Joseph Conrad lleva hasta el límite el pacto con el lector, todos sus narradores cuentan a una audiencia atenta a la que el lector se suma: con Conrad pronto dejas de leer para seguir escuchando, formas parte de un grupo que escucha. En El Corazón de las Tinieblas, uno de sus intensos libros, escuchamos un viaje de iniciación, es un viaje largo y dramático a través del rio Congo, su protagonista persigue una voz, la de Kurtz, y un centro remoto en el nacimiento del rio, navega hacia una obsesión tan fértil que inspiro nada menos que Apocalipsis Now, y es que nunca ha inspirado Conrad películas mediocres, Alien también parte de una de sus novelas La línea de sombra. No menos impresión me causo entonces Kafka y su Metamorfosis. Citamos habitualmente a Don Juan y a Otelo, son arquetipos, sin embargo Gregorio Samsa, el protagonista de La metamorfosis, el modelo más cercano al hombre contemporáneo, no ha logrado ser popular. Mejor fortuna tuvo el nombre de su creador, convertido en adjetivo imprescindible durante tanto tiempo que terminó vaciándose de contenido, ¿qué tema no hemos despachado con negligencia pedante diciendo que es "kafkiano"?. La metamorfosis es una metáfora exacta de nuestras impotencias, no intenta ser verosímil, todo en esta obra es subjetivo, exagerado e irreal, tan familiar y ajeno a un tiempo que cada lectura es diferente y todas nos conducen a la perplejidad. En El señor de las moscas logró Golding sintetizar sueños y pesadillas, los condensó en símbolos e impulsos primordiales: el fuego, la fiera, la sangre, la guarida, la necesidad mutua, el ascenso a la montaña, la autoridad, la espiral en una caracola, el odio y el robo del fuego para restituirlo a su origen, el lugar del que lo sustrajo Prometeo. Tomó William Golding el miedo y la fuerza, la fragilidad y la memoria y los hilvano en una historia sencilla: un avión se estrella en una isla, los supervivientes son niños. Nos narra el autor los hechos en un estilo directo, sólo hay descripciones y diálogos, y vamos averiguando como se organizan, como colaboran y se enfrentan, como regresan a un tiempo primigenio y unos mantienen encendida la llama de la civilización, la hoguera es la única esperanza de que les rescaten, mientras los otros descubren el placer de la caza, de la sangre y el barro. El gran mérito de Golding consiste en invertir el tiempo. El sueño del progreso nos muestra su antípoda, todas las metáforas funcionan al revés en el difícil retorno al pasado de la especie que sólo unos pocos autores se han atrevido a abordar, Alejo Carpentier en Los pasos perdidos o Conrad también lo contaron prodigiosamente. El conocimiento es la única posibilidad de salvación: solo las lentes de Piggi sirven para encender el fuego, pero la fuerza y la violencia se van imponiendo como la única manera de vivir el presente. Aunque no todo lo que publico Alianza me gustaba entonces, recuerdo haberle tenido bastante manía a Freud, me parecía omnipresente y no lograba entender que todos los conflictos se explicaran recurriendo a algún suceso sexual traumático y olvidado. Me reconfortó Giovanni Papini cuando en un cuento de Gog hace que su protagonista le regale a Freud una escultura de Edipo y que este, conmovido, le confiese que siempre quiso ser autor de ficciones pero todo el mundo le tomaba en serio. Ahora reconozco que sin Freud no se puede pensar, que tiene esa fuerza que solo consiguen unos pocos y sus análisis han pasado a nuestro lenguaje, es conocido por todos y a todos nos afecta sin necesidad de haberlo leido .
A Galdós llegué a través de las películas de mi paisano Luis Buñuel, hasta entonces sólo supe de Don Benito que le llamaban “el garbancero”, gran error haberle subvalorado. Benito Peréz Galdós es un gran novelista sobre el que merece la pena volver una y otra vez, Tristana es una feminista avant la letre, un personaje que proyecta cada entusiasmo con tanta intensidad que cada pocas páginas se va metamorfoseando, la novela es el espejo de una época y sus limitaciones, pero sobre todo es un mecanismo perfecto, Galdós sabía algo que hoy muchos ignoran; crear una estructura.


2.
Care Santos

Uno de mis primeros recuerdos como lectora tiene que ver con el vértigo, con el miedo a caer al vacío.
Mi primera librería de cabecera, la entonces aún modesta Robafaves, ocupaba un local estrecho y alto en la calle Santa Teresa, de Mataró. El lugar estaba atestado de libros que crecían en vertical, como los cumulonimbos. Para acceder a los que estaban más altos, lo empleados —y, al parecer, sólo ellos, un dato que yo desconocía— utilizaban escalas de gato. Una de las colecciones que pervivía en las alturas era Libro de Bolsillo, cuyos títulos llamaban mi atención como a las polillas las luces. Tendría yo unos doce años, mucha curiosidad y un cierta temeridad derivada de la injustificada fe en mis inexistentes cualidades físicas. Por eso no dudaba ni por un momento en encaramarme a las escalas en busca de tesoros bajo el techo de mi librería, y me molestaba enormemente que al instante apareciera uno de los empleados —algunos de los cuales siguen siendo mis libreros de cabecera— para controlar mis movimientos.
De aquellos anaqueles altísimos, y siempre bajo la mirada severa del odioso vigilante, recuerdo haber extraído mi primer ejemplar de las Ficciones de Borges —la portada me hizo suponer en un primer momento que se trataba de un libro de psicología o de medicina— pero la primera línea —que entonces ya «cataba» in situ, antes de adquirir el libro, una costumbre que sigo practicando— despertó en mí un interés inmediato: «Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar». También mis primeros Dostoyevskis —entre los que no se encontraba El jugador— salieron de allí. Como El lobo estepario, de Hesse, en esta misma edición que ahora revivo, sólo que menos señorial, más sufrida, más modesta y más a mi alcance. En suma, Herman Hesse exactamente como yo lo necesitaba.
«Contiene este libro las anotaciones que nos quedan de aquel hombre, al que, con una expresión que él mismo usaba muchas veces, llamábamos el lobo estepario», me reclamó la novela en la primera línea. Pienso ahora por qué motivo: no es, precisamente, una frase anticipatoria, ni con gancho, ni siquiera brillante. ¿Qué debía de saber yo de Hesse a los 12 años? Ni siquiera creo que su nombre me sonara de nada. En mi casa, nadie había leído jamás a Hermann Hesse. ¿Sería que en la portada se anunciaba el Premio Nobel conseguido por el autor, y yo era tan ingenuamente dada a creer en las fajas de los libros? ¿Sería que leí en su contracubierta que se trataba de la vida novelada de un escritor y yo entonces leía vidas de escritores como otras generaciones leyeron vidas de santos? El caso es que la historia de Harry Haller, su protagonista, y —sobre todo— de los secundarios —Hermine, María, el saxofonista Pablo—, me fascinaron. Tanto que después ningún otro Hesse estuvo nunca a la altura de aquel primero, excepto, acaso, Lecturas para minutos, también en Libro de Bolsillo y también en las alturas de mi librería. Esa novela fue también responsable de mis primeras audiciones de Mozart, en ese laberinto plagado de puertas sin cerrojo que es siempre la literatura.
El jugador, muchos años después, también llegó en la edición de LB, cuando volví a ella en algunas etapas de mi vida —por ejemplo, cuando me quedé en paro en 1992— y se agradecían tanto buenas ediciones a precios asequibles. Es ésta una novela —yo entonces no lo sabía— que Dostoyevski dictó presionado por las prisas —y por un contrato leonino— de su editor. La taquígrafa era Anna Griogorievna Snitkina, la que muy pronto se convertiría en su esposa; la mujer que tivo, además, el privilegio, de mecanografiar esta novela y también Crimen y castigo. Hay una biografía de Ricardo San Vicente que cuenta todo esto, pero también Juan López-Morillas lo apunta en el prólogo de esta edición, de la cual es responsable. Después de saber, pues, que estamos en manos expertas, sólo me queda apuntar lo que ya casi todo el mundo sabe: que en esta historia reflejó Dostoyevski su pasión por el juego, que le atormentaría toda la vida y también su arrebato por una mujer llamada Polina Prokofievna. Sólo el nombre de la chica que la inspiró ya da ganas de leer la novela.
Los Poemas y canciones de Brecht nunca cayeron en mis manos en esta edición, pero celebro haberla incorporado a mi biblioteca. Para escribir estas breves líneas he vuelto a asomarme al estilo narrativo y directo del autor alemán, que parece emocionarme más conforme pasa el tiempo. Una perla, como muestra:

Yo, Bertold Brecht, vengo de la Selva Negra.
Mi madre me llevó a las ciudades
Estando aún en su vientre. El frío de los bosques
En mí lo llevaré hasta que muera.


Son los cuatro primeros versos del poemas titulado Balada del pobre Bertold Brecht. Por cierto, se cumple este año el cincuenta aniversario de su muerte en Berlín. Para quien quiera celebrarlo como lector, me permito recomendar una edición alternativa a esta tan hermosa: Más de cien poemas, una edición de Siegfried Unseld en Hiperion.
Y dejo para lo último a Ayala, a quien también llegué, muy tardíamente, por esta edición. Aunque reniego de los homenajes oficiales, no me parece mala ocupación para este verano darse a estas Muertes de perro reeditadas. Novela de dictador, crítica con el poder y con la condición humana en la que el estilo conciso de su autor se conjuga con su ojo crítico.
Y, hablando de homenajes, aquí queda patente el nuestro hacia una colección en la que todos aprendimos a leer. El lector memorioso y agradecido sabrá perdonar el exceso de texto —qué queréis, con semejante material— de la entrada de hoy. Vale.

miércoles, julio 26, 2006

La propia muerte, Peter Nádas

Trad. Adan Kovacsics. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2006. 76 pp. 12,00 €

Fernando García Calderón

En ocasiones, la ignorancia depara gratas sorpresas. Como enfrentarte por primera vez, y sin los prejuicios de la información, a una obra de un autor húngaro llamado Péter Nádas. De otra cosa no sabré, pero de autores húngaros contemporáneos… tampoco. Yo no había leído una sola página de este hombre. Ahora conozco de él lo que cualquiera descubriría en un diccionario enciclopédico suficientemente actualizado o en la camisa de su último libro (nacido en Budapest en 1942, 13 títulos en su haber, candidato al sacrosanto Premio Nobel, vive apartado del mundanal ruido), y algo más: los detalles de su infarto de miocardio. La propia muerte relata el proceso que llevó a Péter Nádas a estar muerto. O a acercarse mucho a esa frontera, túnel de luz incluido.
Hay quien opina que los escritores que se zambullen en sus propias vivencias se miran tanto el ombligo que acaban metiendo la nariz en él. Algo, a su entender, detestable. Algunos de esos escritores, sin embargo, tienen la vista y el olfato tan desarrollados que saben rastrear dentro de sí mismos, como sabuesos, hasta desentrañarse. Éstos suelen entregar al editor mamotretos de notable valor humano y literario. No es el caso de Péter Nádas. La propia muerte es un libro de valores notables, incluso sobresalientes en pasajes concretos, pero pequeño como él solo. Apenas 76 páginas. Una ridiculez que sitúa el precio por página en más de 25 pesetas (perdón por mi anticuado patrón de medida). Aun así, merece la pena pagarlo.
Nádas ha efectuado, en tan corta travesía, un demoledor análisis fisiológico y mental. Sin sensiblería ni moraleja, sin cantos a la segunda oportunidad, sin complacencia al lector, se esfuerza en un único objetivo: describir con exactitud la situación extrema, sus percepciones y razonamientos. «La conciencia despojada de las percepciones físicas ve en el mecanismo del pensamiento su último objeto», subraya. Y para lograr tan complejo propósito se pertrecha con armas infalibles: la paciencia, tan extraña en la literatura de este siglo, y la concisión. El resultado es un texto que nadie calificaría de autocomplaciente o terapéutico. Me inclino a opinar, más bien, que éste obstruye las arterias. Aun así, afrontaría de nuevo el peligro de su lectura.
Nádas comenzó su andadura literaria en 1967. Antes había sido reportero fotográfico. Ha escrito novela, relatos, piezas teatrales y hasta guiones de cine. Cuentan que su infancia y adolescencia, barridas por las muertes de sus padres, han marcado su obra. Sus referencias bibliográficas hablan de dos textos decisivos para la literatura de esa Europa intra y pos-comunista, El final de una saga (1977; editado en español por El Aleph en 1999) y Libro del recuerdo (1986; Seix Barral en 1998). Acumula premios y reconocimientos. Nada de eso se vislumbra en La propia muerte. No hay pasado en este libro. Ni triunfos, ni regímenes autoritarios, ni clandestinidad, ni lucha. Tan sólo un escritor de cincuenta y un años empeñado en terminar de corregir unas galeradas en un día cálido. Tan sólo un ser humano empeñado en relatar la parada de un corazón y su circunstancia. Su discurso resulta original hasta en el tratamiento de los aspectos más trillados de estos trances. Una prueba: «El olvido no tiene cabida en la intemporalidad. A falta de mejor fórmula, se suele decir que en el instante de la muerte el hombre repasa los hechos de su vida haciendo el recorrido a la inversa. Para ser sinceros, no repasa nada. Eso sí, ve con claridad…».
Poseedor del grupo sanguíneo CL+ (crítica literaria positiva) que distingue a los miembros del colectivo Banda aparte, reservo mis dotes de persuasión para lo mejor de la obra: su final. Pocos finales menos rimbombantes y más adecuados habré leído. Lo silabearé, para resultar convincente. Re-co-men-da-ble. Tanto que asumiría el riesgo de prestar el libro a quien desee ahorrarse los 12 euracos.

Nota para los amantes del dato que se defiendan con el húngaro o el inglés. Hay una página web que informa con cierta extensión de Péter Nádas y su literatura:

martes, julio 25, 2006

Encuentro con la narrativa dominicana contemporánea, Rita de Maeseneer

Iberoamericana-Vervuert, Madrid-Frankfurt am Main, 2006. 261 pp. 19,80 €

Guillermo Ruiz Villagordo

¡República Dominicana! ¡Santo Domingo! Seguro que te acaban de venir a la mente playas paradisíacas de arena fina y agua cristalina, palmeras descomunales y un infinito horizonte azul. Pues debes saber que ése no es más que un escenario parcial, manipulado, diseñado para turistas, localizado principalmente en el norte de la isla. El resto del territorio, incluida la capital, es una mezcla de pobreza y calmadas ansias de vivir y sobrevivir, ya sea para comer, ya sea para crear.
Pero no te sientas decepcionado. Si eres un lector curioso, tienes toda una narrativa desconocida que descubrir. Curioso y aventurero, habría que añadir, ya que la mayoría de libros dominicanos están encerrados dentro de la isla, faltos de una mínima estructura de distribución, por lo que hay que tener cierta maña para localizarlos y hacerse con ellos. De modo que para encauzar con habilidad tus esfuerzos es preferible tener una mínima idea de qué buscar, y dejar aparcado de momento el problema del dónde.
Para esa tarea es difícil imaginar mejor guía que la de la profesora Rita de Maeseneer. Su recorrido por la narrativa dominicana es amplísimo incluso habiéndose centrado en las manifestaciones del siglo XX, y abarca desde nombres consagrados, como Marcio Veloz Maggiolo, a pequeñas estrellas locales, como Rita Indiana Hernández. La organización del material es temática, por lo que resulta más instructiva para quien no conozca la realidad insular. Así, tras una breve parada en la novela colonial se da paso a la más frecuentada dedicada a ese monstruo llamado Rafael Leónidas Trujillo, el dictador particular del territorio, universalmente conocido gracias a Vargas Llosa y su La fiesta del chivo. Precisamente esta novela es también analizada aquí, junto a alguna más de autores dominicanos reconvertidos en ciudadanos estadounidenses y escritores por tanto en lengua inglesa, como Julia Álvarez y Junot Díaz, y de autores haitianos, como la exquisita Edwidge Danticat, que sirven de conveniente contraste, en particular al tratar un hecho histórico fundamental, aún presente en la memoria colectiva: el “Corte” de 1937, la matanza de miles de haitianos “ilegales” por orden del supremo Trujillo. El sentimiento de culpa por tan deplorable hecho aún se rastrea en la narrativa joven reciente, en la que el antihaitianismo trujillista da lugar una rehabilitación no exenta de curiosidad del “hermano” de la otra medio isla. Y es que Haiti no deja de ser un pedazo de África pura en tierras americanas, que destaca frente a las posibilidades de progreso, aunque difícilmente cumplidas, de República Dominicana.
El recorrido continúa en una segunda parte dedicada a distintas visiones del campo y la ciudad, con el momento estelar que representa la novelita urbana inaugural La estrategia de Chochueca de Rita Indiana Hernández, y a la inmigración de dominicanos a la cercana e “imperial” Puerto Rico en busca de unas expectativas de futuro más sólidas. En este último caso se recurre de nuevo a una visión “extranjera”, la de escritores puertorriqueños, como Ana Lydia Vega, para dotar de más matices el estudio. La tercera y última parte es un seguimiento de la presencia musical tan característica de Santo Domingo en su narrativa, a través de uno de sus representantes principales: el bolero. Como curiosidad, señalar que una de las novelas analizadas, Sólo cenizas hallarás de Pedro Vergés, fue finalista del Premio Nadal en 1980, y es fácil de encontrar en librerías de viejo.
Pero lo que acaba de darle más valor a este intenso y atractivo trayecto es que la visión de la autora, aún siendo apasionada, no es parcial, sino desprejuiciada y con frecuencia teñida de una sutil ironía que se agradece a cada página. Es frecuente que el estudioso admire tanto el tema de su tesis que todo le parezca maravilloso y sin mácula, de donde el lector termina por no creerse ni una de sus palabras como no lo haría del gurú de una secta que le fuese ajena. Por contra, De Maeseneer no duda en criticar los puntos flojos de los libros que examina, sin dejar de ser consciente de que en una novela, además de lo fundamentalmente literario, puede importar también lo que contiene de histórico o social, o incluso lo que con sus defectos muestra de una tendencia que se respira en el aire y no acaba de tomar forma artística plena por una u otra razón.
Así que ya sabes. Tú, que sueñas vivir el Caribe con intensidad, tienes aquí una puerta de entrada alternativa al paraíso... y al infierno.

lunes, julio 24, 2006

Memoria del miedo, Andrew Graham-Yooll

Libros del Asteroide, Barcelona, 2006. 238 pp. 17,95 €

Hilario J. Rodríguez

En algunas entrevistas, el escritor Primo Levi recordaba cómo sus hijos le prohibían hablar en casa acerca de su experiencia como prisionero en Auschwitz. Buena parte de su obra gira en torno a aquel acontecimiento, que cuarenta años después le empujó a suicidarse. Fueron cuarenta años de silencio compensado por la escritura, por la búsqueda de palabras que le ayudasen a explicar qué había sucedido. Una condena similar, no obstante, la arrastramos todos de una u otra manera. Queremos buscar un modo de narrar nuestro pasado, de fijarlo para que ciertas cosas no se repitan nunca, para que sirvan de ejemplo a los demás o simplemente para dejar claro que hemos existido; por desgracia, resulta muy difícil. La objetividad a menudo no basta. Tampoco el rigor historicista. Como nos recuerda Andrew Graham-Yooll al hablar sobre la dictadura militar que sumió Argentina en el terror durante los años setenta, «sólo la ficción puede contar estas historias, porque impresas como testimonios parecen falsas».
Al cantante Bono le invitaron no hace mucho a dirigir The Independent por un día. Cuando se reunió con los redactores del diario, les dijo que no iban a poner ningún titular en la portada; no quería sensacionalismo. En lugar de eso, pidió que se incluyesen los nombres de los muertos por sida del día anterior en África, de esa forma evitarían la abstracción en la que suele caer el periodismo. Nada de cifras y estadísticas, sólo nombres concretos. Lo importante para el líder del grupo U2 era evitar las generalizaciones, la serialización. Memoria del miedo opera de esa manera. Para empezar, no hace una lectura pormenorizada de los antecedentes de la dictadura militar argentina de los años setenta, sin siquiera pararse demasiado en ella. La intención de su autor no es ofrecer una visión definitiva, quizás porque conoce las limitaciones que conlleva describir el horror o el pasado. Seguramente por eso se fija en algunos detalles, en cuya descripción, eso sí, su escrupulosidad es máxima, como pone de relieve una nota a pie de página en la que reconoce un error al haber descrito una prenda de vestir de un color y comprobar años más tarde en una fotografía que no era así.
El libro de Graham-Yooll está compuesto por varios capítulos independientes que van conformando poco a poco una época. Se describen los secuestros continuos, la violencia en las calles, las armas, el miedo a la vuelta de la esquina, los teléfonos sonando en mitad de la noche, los sueños interrumpidos… También se describe qué se juegan quienes intentan describir la realidad cotidiana cuando un gobierno exige que se mire hacia otra parte; el desaliento de los perseguidos; la parálisis emocional que sacude a las familias amenazadas; la deriva que provoca el exilio; la cobardía y la complicidad de la Iglesia mientras se pretende limpiar una sociedad; las desapariciones… Incluso la connivencia de ciertos países con regímenes sin respeto hacia los derechos humanos, sin escrúpulos. Y el miedo que uno se lleva para siempre, vaya a donde vaya, porque «el miedo se puede convertir en una costumbre».
Nada de lo que cuenta Memoria del miedo resulta muy ajeno en una sociedad como la nuestra, donde, pese al alto el fuego de ETA, aún hay quienes revisan cada mañana los bajos de su automóvil por miedo a saltar por los aires. Algo sabemos aquí sobre amenazas, secuestros, ejecuciones y, por desgracia, guerra sucia por parte del gobierno. Del mismo modo que Graham-Yooll describe cómo tres individuos que estuvieron a punto de asesinarle luego le pidieron disculpas y le invitaron a comer con su mujer e hijos en un restaurante, aquí hay familiares de víctimas del terrorismo que viven en el mismo edificio que los asesinos de sus seres queridos. Aunque las cosas a veces resultan absurdas, conviene recordarlas por si acaso.
Últimamente he tenido que ir varias veces al mismo dentista, un argentino que vive en España desde hace diecisiete años. En mi primera visita apenas hablé; tenía miedo. Luego, sin embargo, fui relajándome. Parecía una persona simpática. No sé por qué, le dije que acababa de leer Memoria del miedo, esperando que me preguntase cosas al aclararle que trataba sobre la dictadura militar de Videla. Pero él no comentó nada al respecto, sólo dijo que los militares «habían acabado con una pandilla de hijos de puta y habían limpiado el país». Para él, la democracia había traído la ruina del país. Me consta que fue por su profundo compromiso con la economía por lo que se vino a España, «para hacer guita», según su propio testimonio, porque uno puede aguantar la rebaja de sus libertades e incluso aceptar el asesinato de sus semejantes, jamás la rebaja de sus honorarios extrayendo muelas.